Ayer llegó la harina, mi mamá la pidió por teléfono. Llegó un viejito en una camioneta verde, del molino a dejarla a mi casa.
Luego ella armó la masa, que se puso a amasar mientras empezaba la lluvia. El área de la cocina donde lo hizo tiene un tragaluz, así que las gotas se escuchaban fuerte mientras amasaba.
Amasa, amasa...
Amasar, amasar, con mucha paciencia. Mientras más se amasa, mejor se distribuye al parecer la levadura y la masa queda más homogénea.
Luego de eso, armados los pancitos, que esta vez fueron más grandes de lo habitual, se dejan por algún tiempo envueltos en una mantita. Me daba la impresión que querían abrigarlos del día tan frío que hizo.
Luego de mantener caliente el horno por algún rato, mi hermana mete los panes al horno. Según me pareció, usaron calor arriba y abajo en el horno, para que quedara parejo.
Cuando han hecho el pan en la cocina a leña, esto no es posible, pero el pan igual queda con un tostado parejo.
De vez en cuando, chequeaban que el pan hubiera subido lo suficiente, y que no se llegue a quemar. Aparentemente, es un sistema al tacto, no con temperaturas, medidas o tiempos determinados.
Es bastante instintivo el estilo de cocina sureño según veo. Nunca le había puesto atención a cómo hacían el pan antes.
Pan de casa, blandito por dentro, crujiente por fuera, con mantequilla o huevos revueltos, acompañando un café.
Una buena forma de pasar un día de lluvia, en el sur...



